Hablando de Pepe García tras su fallecimiento el día 23 de Marzo de 2020

Begoña Olabarría y Francisco Torres

 

Dice María Moliner que un obituario es el “libro parroquial en que se anotan defunciones y entierros”. Por eso nosotros no queremos escribir así el del Dr. José García González, el de Pepe García.

La crisis del coronavirus y su implacable y necesario aislamiento nos ha negado la oportunidad de un último encuentro, de una despedida, y a cada momento percibimos su ausencia o tal vez un modo de presencia invisible que nos impulsa a un diálogo que, siendo imposible, nos dirige hacia vosotros.

Queremos presentarle para quienes no le conocisteis y, sobre todo, queremos hablar en su honor (ahora que por su fallecimiento no puede impedírnoslo), para compartir la tristeza con muchos de los que leeréis estas palabras en un espacio de encuentro, lo que al fin es esto: uno entre tantos. Espacio que tal vez no sea el último y que está de algún modo participado por él. Pepe García ha sido un creador de “espacios”, en numerosas ocasiones claves. En ellos había pensamiento, debate, reflexión compartida, búsqueda de verdad y coherencia hacia la acción…es probable que sean muchos los contenidos de valores y discursos referentes que fueron participados y liderados por él, junto con unos pocos en su conformación, discursos que después se iban trasladando y asumiendo, trabajando de manera anónima, convirtiéndose de manera “natural” en patrimonio de muchos.

El día 23 de marzo ha fallecido en Oviedo. Y ahora nos sobreponemos al pudor que tanto le caracterizaba para hablar de él, de su obra, de su acción, de su vitalidad intelectual y de su compromiso con los seres humanos frágiles y oprimidos sin acceso a la condición de sujeto de derechos; de su apuesta permanente a lo largo de su vida por desarrollar los cambios imprescindibles en la atención a la Salud Mental, en la Sanidad y en los Servicios Sociales.

Una apuesta permanente, activa hasta el final, junto con su otra apuesta íntima e intacta: por sus seres queridos, por su familia; y también por sus amigos y por sus compañeros de los diferentes contextos en que desarrolló sus construcciones de pensamiento y acción.

José García González, nacido en Asturias en 1938, se licenció en Medicina en la Universidad de Salamanca, realizó la formación de especialista en Psiquiatría en el Hospital de Valdecilla, Santander. Más tarde trabajó y se formó en los hospitales PsichiatrischesLandeskrankenhaus de Marburg y en la Clínica Psiquiátrica Universitaria de Giessen, en Alemania, donde conoció a Gerda Vogedes, su mujer. Tuvieron dos hijos y tenía dos nietas a las que también entregaba su afecto a raudales.

En 1969 se incorporó como psiquiatra adjunto al Hospital Psiquiátrico de Oviedo. Un terrible y viejo manicomio donde, como era frecuente entonces en el resto de España, las condiciones de vida, de asistencia manicomial, de anulación de la condición de sujeto de derechos de las personas ingresadas. En pleno franquismo, la experiencia termina con la expulsión de los MIR, entonces becarios, por reivindicar un contrato laboral. La mayoría de facultativos del hospital fueron también despedidos por apoyarles, Pepe García entre ellos. Algún tiempo después fue contratado como jefe de servicio en el Sanatorio Psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. Allí se enfrentó una vez más con los trabajos en pro de la transformación manicomial y el desarrollo de prestaciones en la Comunidad, lo que culminó de nuevo con su despido en 1975, junto con otros médicos, con residentes y personal técnico de la plantilla.

En 1979 obtuvo el grado de doctor por la Universidad de Granada, bajo la dirección del ilustre historiador de la Medicina, Luis García Ballester y con la tesis “Psiquiatría y cambio social”. Tras ello se incorporó como Adjunto al Servicio de Psiquiatría de la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social de Oviedo. En 1982 en el primer gobierno democrático del Principado, en la Consejería de Sanidad dirigida por Juan Luis Rodríguez Vigil, ocupa el cargo de Director Regional para la Reforma de la Asistencia a la Salud Mental en Asturias. Ambos se mostraron decididos a poner en marcha la complicada Reforma Psiquiátrica en Asturias. La cual estuvo siempre ligada a las vanguardias europeas lideradas por Basaglia, siendo uno de los referentes claves en España. La reforma asturiana terminó siendo reconocida como modelo de referencia para la OMS. La reforma implicó el progresivo desmantelamiento del psiquiátrico de La Cadellada, compartiendo con Franco Basaglia que “la libertad, es terapéutica”. En paralelo hizo surgir los centros de Salud Mental comunitaria en todo el territorio, una unidad de hospitalización en el Hospital General, donde prevalecieron la escucha y el respeto a los derechos de las personas con enfermedad mental. Introdujo el trabajo en equipo, e impulsó la rehabilitación, y con ello el desarrollo progresivo de pisos ‘tutelados’. Dando con ello lugar a un salto conceptual en la praxis, en la libertad, en el respeto a los derechos, en la clínica y sus modelos y en el pensamiento psicopatológico. Un esfuerzo denodado, exitoso y pionero que hubo de enfrentar múltiples resistencias corporativas e ideológicas, convirtiéndose en uno de los referentes claves del país.

En 1983 fue elegido Presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, cargo que desempeñó hasta 1986 sosteniendo las líneas que habían ido elaborando los pensadores y protagonistas de conflictos psiquiátricos durante el franquismo y de los procesos de Reforma Psiquiátrica y de construcción de modelos de servicios territoriales con recursos de atención comunitaria interdisciplinar, lo que impulsó de manera relevante. Desde su responsabilidad de gestión en Asturias, en 1983 puso en marcha el primer Programa PIR del Estado. Un Programa novedoso y audaz semejante al de los MIR, si bien introduciendo elementos nuevos y significativos: Un programa de formación referente publicado y tutorizado en equipos interdisciplinarios. Fue clave para la creación oficial de la especialidad de Psicología Clínica en 1998.

También en 1983 se creó la Comisión Ministerial para la Reforma Psiquiátrica, presidida por el Subsecretario del Ministerio de Sanidad, Pedro Sabando, que elaboró el correspondiente Informe Ministerial, publicado en 1985, clave en los señalamientos de dirección estratégica de los cambios para la superación del Hospital Psiquiátrico y la conformación de un modelo de Salud Mental Comunitaria. En ella participó aportando su lucidez y experiencia.

Por su compromiso continuo con la construcción del cambio necesario en el país, durante los 90 se hizo cargo la Consejería de Sanidad y Servicios Sociales del Gobierno asturiano que presidió Juan Luis Rodríguez Vigil. Su gestión se dirigió a la planificación sanitaria y a la creación de la primera ley de Servicios Sociales del Estado que establecía un marco objetivo de prestaciones y de planificación de los servicios buscando la coordinación sociosanitaria.

Como profesional de la Psiquiatría, su trabajo como Director de Centro de SM de Oviedo había sido significativo en la conformación estratégica de la acción comunitaria del equipo multidisciplinario. Y su vuelta posterior a la responsabilidad como Jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Central de Asturias supuso otra vuelta de tuerca en la concepción y en la praxis de su trabajo.

Es decir, Pepe García ha sido alguien a quien sus múltiples tareas, funciones, responsabilidades, cargos, aportaciones y escritos desarrollados durante más de 50 años no sólo no le han apartado de sus áreas de interés, sino que las ha vertebrado y potenciado a través de una trayectoria vital y profesional rica y apasionada, ejercida con inteligencia y mesura en los ámbitos de la clínica psiquiátrica y psicoterapéutica (tenía una formación reglada en Terapia Sistémica), asistencial, de formación e investigación, así como de creación de redes de servicios. Todas con sentido, direccionalidad y oportunidad contrastada con la búsqueda de soportes a los derechos y la autonomía de los pacientes en una Sanidad Pública y unos Servicios Sociales modernos, atendiendo siempre a las necesidades de la población, con un diseño riguroso. De hecho, muchos han destacado sus decisivas contribuciones en cuestiones claves que cambiaron la atención sanitaria y los servicios sociales en Asturias y contribuyó a hacerlo en España y en otras partes del mundo.

Creemos que tal vez sólo entre algunos de nosotros, de los que hemos compartido con él espacios de trabajo, debates y conversaciones, hemos admirado algunas otras de sus capacidades o de sus valores, propias de su excelencia humana.

Esta excelencia era auténtica, pero teníamos nosotros, los otros, que descubrirla, porque él no la exhibía. Se podían apreciar destellos de ella, como su afabilidad, su trato cercano y a veces efervescente, al tiempo que medido, cálido y cordial. También era notable su esfuerzo sostenido y auténtico desde la agudeza en el pensamiento y en la palabra, y la erudición sin ostentación alguna por su ejercicio hacia el debate, a la polémica o tal vez mejor, a la crítica.

Siempre abierto, también a la duda, enfrente de cualquier dogma (que suelen contener poderes espurios) compartiendo con Leonardo da Vinci que “quien invoca la autoridad en una discusión, no hace uso de su inteligencia, sino más bien de su memoria”.

Pero más aún, siempre buscaba ejercer el mensaje de la serenidad y lo hacía con cautela y con respeto y tolerancia. Estaba contra el daño generado por los intereses, a veces poderosos, que injieren en la atención a la Salud Mental, a la Sanidad Pública y a los Servicios Sociales.

Fue inmune a los dogmáticos y a los poderosos que creen reinar sobre el saber. Por ello arrostró riesgos y costes personales a lo largo de su trayectoria, porque el ejercicio de la acción reflexionada como referente al servicio del cambio sobre las condiciones para la vida autónoma como sujeto de derechos de los fragilizados, no suele estar exento de ellos.

Dispuso de una capacidad de pensamiento y de acción que no sólo fue siempre cuidadosa en relación a los objetivos, procesos y lapsos temporales, sino que al mismo tiempo era crítica y contenedora de interrogantes. Algo que nos parece infrecuente en este país donde abunda el pensamiento dogmático, el ejercicio simple y dicotómico y los sinuosos diseños de planes que establecen como centrales los objetivos oscuros al servicio de intereses contrarios al cambio. Pero donde también abunda la decisión, el saber y la búsqueda de los cómos para dicho cambio; la definición de objetivos colectivos y de alianza entre muchos para ello. Su liderazgo, tanto funcional como en tramos de su trayectoria en la gestión pública, parecía surgir de esa manera natural y única que conocíamos marcando la direccionalidad y la reflexión compartida.

Creemos poder decir que el perfil de Pepe conformó una especie de línea estratégica vital en él, que sostuvo también en el marco de un alarmante problema cada vez más perceptible entre nosotros: la disociación entre juicio ético y acción efectiva. Una disociación que él no ejercía, por más que su uso se generalizaba a su alrededor. Y es que, por obviedad, no todo lo que parece crítica lo es ni todo vale, aunque se esconda entremezclado y detrás de “las grandes palabras” de discursos con apariencia de éticos y presentados como progresistas.

Y esa suerte nuestra de compartir con él algunos espacios fructíferos la tuvimos hasta el final con su participación activa e implicación en el grupo de, quienes viniendo de diferentes lugares de España a Madrid, elaboramos juntos la «Declaración de Atocha en defensa de la atención pública a la Salud Mental»; o en un libro colectivo de próxima publicación o en el que acababa de finalizar, ha dejado su pensamiento y no ha tenido tiempo de verlo en sus manos.

Siempre y de nuevo, sus ideas, sus análisis, sus propuestas, su experiencia, su saber, su responsabilidad, su cordialidad, su autenticidad, su compromiso podrán ser admirados en el libro que pronto verá la luz.

Pepe, descansa en esa paz que ha sido tan bien ganada.

Entre Madrid y Granada, 28 de Marzo de 2020